Los «comedores inútiles»

El futuro distópico que plantea la inteligencia artificial. La automatización masiva amenaza con crear una clase humana prescindible sin valor económico ni propósito social

En los círculos académicos y tecnológicos más avanzados ha emergido un término tan brutal como revelador: «useless eaters» o «comedores inútiles». Esta expresión, que suena a distopía orwelliana, describe a personas que en un futuro automatizado carecerían tanto de empleo como de utilidad económica, convirtiéndose en meros consumidores de recursos sin generar valor productivo. Lejos de ser una provocación, el concepto refleja una preocupación creciente entre expertos sobre las implicaciones sociales de la inteligencia artificial.

El problema de la prescindibilidad

Pedro Uría Recio, ingeniero especializado en implementación de IA con más de dos décadas de experiencia, plantea la cuestión con crudeza: «¿Es sostenible que haya un gobierno corporativo en el que hay un gasto bastante grande que no produce beneficio?». La pregunta golpea el núcleo de la sociedad: si las máquinas pueden realizar todo el trabajo, ¿qué valor tienen los humanos dentro del sistema económico?

La respuesta optimista ha sido tradicionalmente la renta básica universal: un subsidio gubernamental que garantice la subsistencia de quienes pierdan su empleo debido a la automatización. Figuras tecnológicas prominentes como Sam Altman, CEO de OpenAI, y Elon Musk han defendido públicamente esta solución. Altman incluso financió un experimento pagando 1.000 dólares mensuales a ciudadanos durante varios años para estudiar sus efectos.

Sin embargo, los resultados fueron reveladores en su ambigüedad. Aunque muchos participantes mantuvieron sus empleos, algunos dejaron de trabajar, otros cambiaron a empleos peor remunerados y, crucialmente, casi ninguno utilizó el dinero para formación o capacitación, a pesar de saber que el subsidio era temporal.

La trampa de la dependencia

Uría Recio se muestra escéptico ante esta solución aparentemente benévola. Su interrogante es incisiva: «¿Por qué te iban a pagar una renta base?» La pregunta no es retórica. Según su análisis, la respuesta más probable no es el altruismo, sino el control social.

«Imagínate que Estados Unidos hace una y China hace otra superinteligencia», plantea el experto que dice que nos acercamos a la guerra fría digital. «Es como si tuvieras a Godzilla y a King Kong como tu aliado en un país y los lanzas». En este escenario, las élites tecnológicas necesitarían mantener la paz social mientras desarrollan proyectos grandiosos —exploración espacial, minería de asteroides, ciudades en Marte— sin que las masas desempleadas generen inestabilidad. Hay científicos que estiman entre un 30 y un 50% la probabilidad de que una superinteligencia acabe con la humanidad.

La renta básica sería, bajo esta perspectiva, un mecanismo de pacificación temporal. «Les doy unas migajas y así pues no tengo problemas», resume Uría Recio con franqueza.

El precedente feudal

La historia ofrece paralelismos inquietantes. Durante las invasiones germánicas que precipitaron la Edad Media, las poblaciones aceptaron el feudalismo como mal menor: entregaron libertades a cambio de protección. Lo que comenzó como solución temporal se consolidó durante siglos.

«A largo plazo, a lo mejor ese feudalismo…», deja en suspenso Uría Recio, permitiendo que la audiencia complete la reflexión. El neofeudal que se perfila tendría señores tecnológicos en lugar de nobles hereditarios, y subsidios en vez de servidumbre, pero la estructura de dependencia radical sería análoga.

Eliseo: la película profética

La ciencia ficción ha explorado estos escenarios con perturbadora claridad. Elysium (2013), protagonizada por Matt Damon, presenta un futuro donde los ricos viven en una estación espacial paradisiaca mientras la Tierra se ha convertido en un vertedero superpoblado. Significativamente, en ese mundo distópico terrestre, la población recibe entretenimiento digital —videojuegos, realidad virtual…— como método de distracción y control.

Ray Kurzweil, fundador de la Universidad de la Singularidad y visionario del transhumanismo, propuso abiertamente esta solución en su libro The Singularity Is Near (La singularidad está cerca). Cuando le preguntaron qué harían las personas sin empleo, respondió: «Realidad virtual». Es decir, que vivan experiencias simuladas mientras sus cuerpos vegetaban en el mundo físico.

«Me chirría mucho», admite Uría Recio. «Mientras va a haber gente que va a seguir en el mundo real, que digan que el resto nos dediquemos a jugar videojuegos…» La propuesta asume dos humanidades: una activa y productiva que construye el futuro, y otra pasiva y entretenida que consume simulaciones.

Ante este panorama, Uría Recio propone una solución radical: «En vez de distribuir renta, distribuye propiedad». La idea es que los ciudadanos se conviertan en accionistas de las corporaciones monopolísticas de IA —OpenAI, Anthropic, Google, Microsoft— recibiendo dividendos y manteniendo poder de voto.

Más allá de soluciones sistémicas, Uría Recio enfatiza la importancia de la autonomía individual. «Aprovechemos al máximo todas las aplicaciones buenas que hay, pero no perdamos de vista que tenemos que ser independientes de eso», aconseja.

El experto observa con preocupación a estudiantes universitarios que presentan trabajos obviamente generados por IA que ni siquiera comprenden. «Se veía que habían hecho el PowerPoint que no lo habían hecho ellos y cuando salían a la pizarra venían con su teléfono y leían», relata sobre su experiencia docente. «Esa gente no va a poder ser competitiva, no va a poder tener una vida independiente».

La dependencia temprana de la IA está creando una generación incapaz de funcionar sin ella, lo que paradójicamente les hace más vulnerables cuando la tecnología evolucione hasta hacerles prescindibles.

El reloj corre

Ningún escenario está garantizado. La historia humana está repleta de predicciones fallidas sobre el futuro del trabajo. Los luditas del siglo XIX temían que las máquinas acabaran con todos los empleos; en cambio, la industrialización creó categorías laborales completamente nuevas.

Pero esta vez podría ser diferente. La IA no es una herramienta que aumenta la productividad humana; potencialmente es un reemplazo cognitivo completo. Y a diferencia de revoluciones anteriores que tardaron décadas en desplegarse, los cambios actuales se miden en meses.

La cuestión de los «comedores inútiles» no es sobre si la tecnología destruirá empleos —eso es inevitable—, sino sobre si diseñamos sistemas que mantengan la dignidad y autonomía humanas o si derivamos hacia una sociedad dividida entre señores tecnológicos y vasallos subsidiados.

Como señala Uría Recio con inquietante claridad: «La pregunta adecuada es: ¿por qué te iban a pagar una renta base?» Responder esa pregunta determina si el futuro será una utopía de abundancia compartida o una distopía de dependencia permanente. Y el tiempo para decidir se agota mientras los algoritmos continúan mejorando, indiferentes a nuestras deliberaciones éticas.

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