O por qué casi nadie escucha a los políticos aunque hablen todo el día
Hubo una frase que se me quedó grabada. Me la dijo hace años una asesora del Ayuntamiento de Madrid, curtida en mil campañas y con más horas de pasillo institucional que muchos cargos electos. Venía a decir algo así: «El lenguaje político está lejísimos de la calle. El votante no vive el día a día de las instituciones. Vota por flashes lejanos que le llegan deformados, por ecos de ecos de ecos».
No lo dijo con desprecio, sino con realismo. Y cuanto más tiempo pasa, más razón creo que tenía.
La política no se escucha, se intuye
Existe una idea muy instalada —sobre todo dentro de la burbuja política— de que la ciudadanía sigue con atención los debates parlamentarios, las ruedas de prensa, las comisiones, las iniciativas legislativas. No es cierto. O, al menos, no lo es para la inmensa mayoría.
Salvo una minoría muy politizada y ruidosa —militantes, cargos intermedios, activistas, periodistas, opinadores profesionales— el grueso de los votantes no está pendiente de la gestión cotidiana. No lee notas de prensa, no distingue entre competencias municipales, autonómicas o estatales, ni sigue el detalle de una negociación presupuestaria.
La política le llega filtrada. Muy filtrada.
Llega en forma de titulares sueltos, vídeos recortados, polémicas virales, frases sacadas de contexto, escándalos. Llega como ruido de fondo. Como una sensación general más que como información estructurada.
El periodista como traductor (y como amortiguador)
Durante décadas, el periodismo ejerció —con mayor o menor acierto— de traductor entre dos mundos que no hablan el mismo idioma: el institucional y el ciudadano.
El político habla en clave jurídica, administrativa, estratégica. El periodista intenta bajar ese mensaje a tierra, contextualizarlo, explicarlo, hacerlo comprensible. A veces incluso —aunque no siempre se reconozca— amortiguar sus excesos, su retórica inflamada, su distancia con la realidad cotidiana. Separar el grano de la paja y contar lo que hay detrás de frases grandilocuentes que muchas veces esconden realidades sonrojantes.
En ese proceso se pierde información, claro. Pero también se gana inteligibilidad.
El problema es que esa función intermedia está en crisis.
Se quejan mayoritariamente que la prensa dibuja un personaje con el que no se identifican ni por asomo. Que acentúan los tópicos que encajan en las narrativas que se han impuesto sobre ellos. Lo hacen sin pensar que muchas veces ellos mismos han propiciado esas caricaturas para darse a conocer. Me temo que muchos políticos cambiarían una frase altisonante que se haga viral, se cuele en todos los informativos a resolver, desde las sombras, un problema grave a un grupo de electores que les dificulta su día a día. El eterno debate sobre los intereses electoralistas.
Redes sociales: más alcance, menos llegada
Hoy los políticos hablan directamente. Publican vídeos, hilos, directos, memes. Presumen de no necesitar intermediarios. De saltarse a la prensa.
Sobre el papel, llegan más. En la práctica, llegan peor.
Las redes sociales no amplían tanto el público como lo segmentan. Cada mensaje rebota dentro de cámaras de eco muy definidas. Militantes convencidos, simpatizantes acríticos, comunidades cerradas que defienden a los suyos incluso ante evidencias incómodas.
Soy pesimista en esto: un político puede ser señalado por corrupción, incompetencia o contradicción flagrante y aun así mantener intacto a su núcleo duro. Porque no está comunicando para convencer, sino para reafirmar.
No hay traducción, hay consigna.
El votante lejano y la excepción del prime time
Llegar a los barrios sigue siendo extraordinariamente difícil. Mucho más de lo que se admite.
Programas de masas como El Hormiguero —con todas sus contradicciones— son la excepción que confirma la regla. Ahí sí hay una ventana real a públicos que no consumen información política. Pero son espacios contados, limitados y muy condicionados por el formato. Hay codazos por entrar en esos formatos en los que, en todo caso, se sobrevalora su capacidad de dar bandazos a la intención de voto.
La gestión diaria, la política minúscula, el trabajo institucional constante… todo eso es irrelevante hasta que estalla un escándalo. Y cuando estalla, ya es tarde para explicar nada.
La narrativa se impone a la gestión.
El periodismo intenta explicar procesos largos en un ecosistema que solo escucha impactos breves. Intenta introducir matices donde el algoritmo penaliza la duda.
Y aun así, sigue siendo imprescindible.
Nuevos ángulos para un viejo problema
Quizá el error sea pensar que el reto está solo en traducir mejor el lenguaje político. Tal vez haya que replantear algo más profundo:
- Menos declaraciones y más consecuencias: contar qué cambia realmente en la vida de alguien tras una decisión política.
- Menos siglas y más historias concretas: personalizar sin banalizar.
- Más pedagogía institucional: explicar quién hace qué y por qué importa.
- Aceptar que no todo se va a entender: y aun así contarlo con honestidad.
El riesgo de romper el puente
Si el periodismo renuncia a su papel de traductor porque el mensaje político ya circula solo, el espacio lo ocuparán otros: propagandistas, creadores de contenido, perfiles anónimos sin responsabilidad alguna.
Y entonces el lenguaje político ya no estará lejos de la calle.
Estará directamente en guerra con ella.
Quizá nunca fue tan difícil explicar la política. Pero tampoco fue tan necesario intentarlo.
Aunque solo sea para que, entre tanto eco de ecos de ecos, quede alguna voz que todavía intente decir algo comprensible.